La cabaña


La cabaña

Aún recuerdo la emoción que sentía cuando sonaba el timbre de las 17:30 de la tarde hace 10 años. Sin darme tiempo a dar un bocado a mi merienda, corría a la plaza de enfrente de mi colegio para encontrarme con mis amigos. ¡Era el momento de pensar a qué jugar! Siempre jugábamos al escondite pero nos sabíamos todos los escondites del parque. Sin embargo nos fijamos en un árbol con una gran copa frondosa y ramas grandes. Era como estar en una cabaña, resguardados y un lugar en el que lo que contábamos, parecía ser guardado entre las hojas. Decidimos llamarlo “La cabaña” y a partir de ese momento sería nuestro punto de encuentro al salir del colegio. Dedicamos tres tardes a quitar las ramas y hojas caídas al suelo, a limpiar las ramas y dejarlas desnudas y así poder trepar con facilidad…era nuestra segunda casa y estábamos con muchas ganas de estrenarla.
Dividimos el interior del árbol en varios pisos y estancias y nos asignamos cada uno una tarea para mantener el árbol en perfectas condiciones. Era nuestro mayor tesoro y siempre al irnos a la noche lo regábamos para que no “pasara sed”. Era el sitio perfecto para hablar de todo lo que nos había pasado durante el día y sin que nadie nos molestase, bueno, excepto los perros que siempre entraban y nosotros nos indignábamos, inocencia de la niñez. Llegábamos a pensar que el árbol era nuestro amuleto gigante para los exámenes de matemáticas, ¡qué tan mal se nos daban! Nuestro refugio de secretos, tranquilidad, confianza, risas…amistad.
Sin embargo, durante el segundo invierno una rama se heló y tuvieron que cortarla. No podíamos creer lo que estábamos viendo. Una gran sensación de impotencia nos invadió y no pudimos evitar derramar alguna lágrima por el daño que le estaban haciendo. Desde ese momento tratamos de evitar cualquier peligro porque no estábamos dispuestos a quedarnos sin nuestro sitio favorito en el mundo. Durante las siguientes semanas no fuimos tanto y pasados dos meses, el día que fuimos notamos algo distinto en el árbol, pensamos que durante las noches iba gente sin “nuestro permiso”. Le teníamos tanto aprecio que una noche decidimos dejar colocada una cámara  de fotos escondida entre las hojas del suelo y de esta manera grabar  para poder encontrar al día siguiente al culpable. Nunca encontramos lo encontramos.
Se lo contamos a nuestros padres y con una sonrisa nos explicaron que los árboles son seres vivos y que cambian, que nunca permanecen igual…son como las personas: nacen pequeños, crecen…no dábamos crédito, ¡entonces nos acordamos de las clases de ciencias naturales!, que nos gustaban igual o menos que las matemáticas. Comprendimos que al igual que nosotros crecemos, lo árboles también y no era culpa de nadie que el árbol hubiese cambiado. Habían pasado casi tres años desde que lo encontramos, teníamos 11 años…ya no teníamos esa inocencia, nuestro grupo de amigos se distanció y encontramos la ilusión en otras cosas, como ir en bici, jugar a fútbol, empezar a estudiar, etc.
La vida son etapas; de jugar, de reír, de aprender, de crecer. Este árbol nos ayudó en nuestra de etapa de jugar y crecer como personas, como amigos. “La cabaña” está debajo de mi actual casa y no evito el mirarlo cada día al salir de portal, viniéndose a mi cabeza una  especie película con todas las tardes que pasé con mis amigos y ver que ya carece de las ramas, de su frondosa copa y de nuestras risas. Vacío. 



















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